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Televisores como éste Zenith estadounidense, podían durar hasta 20 años.

Televisores como éste Zenith estadounidense, podían durar hasta 20 años y más.

Muchos momentos de la vida de los cubanos están vinculados al contacto con la cultura soviética. Era inevitable que mucha gente, sobre todo los que se resistían a los cambios de los nombres tradicionales por los nombres “revolucionarios” nunca les llamaría “soviéticos” sino “rusos”. Eran los mismos que no se resignaban a que el Hotel Havana Hilton se convirtiese en “Habana Libre” o que el Teatro Blanquita o Chaplin pasara a ser conocido como “Kalrl Marx”. Primeramente los soviéticos comenzaron a llegar como asesores, tanto militares como técnicos de lo civil y esto trajo la inevitable llegada de burócratas y filósofos del marxismo leninismo dispuestos a cambiar el pensamiento de aquellos caribeños más dados al relajo que a la filosofía.

En poco tiempo los que querían ganar puestos o no perder los que tenían, hacían esfuerzos por asimilar la economía política de Nikitin y los manuales de Konstantinov, así como las ineludibles obras de Lenin. Recuerdo gente a la que no me habría imaginado hacerlo, cambiar de la noche a la mañana de leer viejas revistas de Selecciones del Reader´s Digest a leer “Sputnik”, de leer las novelitas de bolsillo de la editorial Bruguera a leer purgantes como “La lucha de los bolcheviques en tres revoluciones por ganarse al ejército” o “La alianza de la clase obrera y el campesinado”.

Muchas cosas de ese modo de vida soviético pasaron a impregnar la sociedad cubana, pero en el eslabón popular, no acababan de cuajar por más esfuerzos que hacía la propaganda estatal.

Los esfuerzos por inculcar en la masa popular la superioridad tecnológica de la URSS nunca fructificaron mucho. Era sumamente difícil para un observador tan sagaz como el cubano, que aquello que le presentaban como la maravilla del futuro era de buena calidad. Sobre todo era difícil engañar a quiénes habían tenido acceso a la tecnología y la calidad de fabricación norteamericana.

Una TV soviética de las distribuídas en Cuba. Se rompían constantemente y la calidad de imagen era mala.

Una TV soviética de las distribuídas en Cuba. Se rompían constantemente y la calidad de imagen era mala.

Nadie se creía que un televisor soviético fuera superior a los sobrevivientes General Electric, Westinghouse, Philco, Emerson o Admiral que se empecinaban en funcionar despues de 15  y veinte años o que una radio soviética “Meridian” que era la que entregaban a los trabajadores destacados fuese mejor que una Zenith o una RCA.   En mi casa hubo dos lavadoras “Aurika”, primero una modelo 70 cuyo derecho a comprarla lo ganó mi difunta madre por ser “trabajadora de avanzada”. Aquél artefacto metía miedo: tenía pases de corriente, poco espacio para el lavado, se llenaba de agua la habitación o espacio donde la estuvieras utilizando. A la hora de exprimir, había que hacer cálculos de física cuántica para meter la ropa en una especie de trompo de aluminio. Solía hacer un ruido ensordecedor, como una especie de lamento amenazador y cuando ya estaba por terminar el ciclo le entraban como unas convulsiones que la hacían hasta moverse por toda la habitación y luego de un par de espasmos finales, enmudecía.

El Partido no cesaba de inflar los logros soviéticos y negar los estadounidenses. Para ello entresacaban todo lo posible positivo o negativo según el bando que fuera. Se diseminaban disparatados rumores como el del supuesto “falso arribo a la Luna” de los odiados yanquis con su programa Apolo y se ensalzaba a la perra Laika, a Yuri Gagarin o a Valentina Tereshkova. Por supuesto que todos estos astronautas era gente de un valor increíble y los soviéticos durante un tiempo llevaron la ventaja en la carrera espacial, pero sus fracasos se mantenían en secreto absoluto y solo se conocieron muchos años después.

Nadie debía hablar de productos capitalistas del “enemigo”. Todo eso era “diversionismo ideológico”.

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Yo era un niño cuando montaron aquella enorme exposición de los logros de la Unión Soviética en el infortunado Capitolio de La Habana, ese espectacular edificio destinado a alojar al congreso de la República y convertido en un esperpento de divisiones de cartón tabla.    Ninguno de nosotros podía tener idea de que en ese poderoso imperio soviético había gente que lo pasaba mal, todo lo que allí se veía era una maravilla aunque recuerdo a mi tío comentar con otro señor que ninguno de aquellos embutidos que se exhibían en una vitrina parecían tan buenos como los desaparecidos embutidos de Lyon o de El Miño.  Pero había que sacarme a la fuerza de la parte dedicada a la cosmonáutica, todo lo demás era para mí carente de interés al lado de aquello. Estaba fascinado y me gané un par de regaños por querer tocar hasta que vino un ruso que hablaba español y me estuvo explicando todo lo que quise.

Sobre la influencia cultural, me parto aún  de la risa cuando recuerdo las puestas en escena para la TV de obras soviéticas, unas con más acierto, las más, sin gloria. Pero el clímax de toda este intento de lavado de cerebro era una escena que nunca olvido. Era una de esas telenovelas de Mayté Vera en las que el actor principal, Mario Limonta, era un trabajador de esos que se comía el mundo, una especie de héroe proletario que solo pensaba en trabajar y trabajar. En un momento romántico, nuestro héroe aparece tumbado en un catre o una cama mientras sobre su pecho reposa abierto un libro de V.I.Lenin y pensaba en la mujer que lo amaba: “Si Elena pudiera comprender cuan importante es para mí el trabajo…” (!!!!)

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Los niños fuimos receptores predilectos del bombardeo ideológico, desde los animados rusos que casi ninguno soportábamos o que tuvimos que aprender más o menos a sopoetar, la odiosa cancioncilla de “Siempre brille el sol” o el no menos odioso y raro saludo a la bandera con el dedo pulgar en la frente. Había unos libros de cuentos rusos clásicos muy buenos. Recuerdo con mucho agrado los de Pushkin  y aquellas ilustraciones de Bilibin. Disfruté muchísimo aquellas historias de Koschei el Inmortal, el héroe Ruslan y su amada Ludmila, la leyenda de los Bogatires o Basilia la Sabia. Los pujos de la era soviética ya eran otra cosa. Había además que dispararse las versiones cubanas de “Gavilanes de Glujarka” o “Los camaradas”.  A los adultos no les iba mejor. Debían conformarse con películas de guerra o con otras donde entre un diálogo y otro podían pasar diez minutos. Eran un somnífero perfecto. También por supuesto, las versiones cubanas. ¿Recuerdan “El Carillón del Kremlin” con Enrique Molina interpretando a Lenin con su cabeza rapada?

Pero sin dudas, lo más temido por lo cubanos era cuando un ruso decidía viajar en la guagua. En cualquier sitio del vehículo que se apostaba y levantaba los brazos para sujetarse…..huyeeeee!!!! Los pasajeros cubanos hacían lo imposible con tal de ni rozarlos, dejando siempre entre su cuerpo y el de los rusos como una zona de catástrofe, una tierra de nadie. Peste a grajo como aquella no he vuelto a oler en la vida. Los cubanos pronto los apodaron “bolos” por su cara redonda por tener todos el mismo aspecto, las mismas camisas, pantalones y aquellas inolvidables sandalias.

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Las mujeres ya a los 30 años llevaban un montón extra de kilos de peso, se dejaban  pelos en las piernas y en las axilas. El corte de pelo era bajo y como en serie, todas lo mismo. Hay que reconocer que como negociantes eran muy habilidosas. Les encantaba el oro, la mezclilla y los productos capitalistas. Otros se interesaban mucho por especimenes de la fauna, en particular el caracol rosa y las cotorras. Los cubanos obtenían con aquellos trueques algunos artículos eléctricos bastante malos y sobre todo la codiciada carne rusa “Slava” enlatada.  Los bolos solían ser de carácter campechano pero cuando a menudo se emborrachaban eran como un Mr.Hyde y no son pocos los que recuerdan que llegaron a lanzar botellas por las ventanas del edificio Focsa. No por gusto hubo que colocar una red sobre el patio y la piscina.

Hoy en día los rusos ya no son soviéticos, son rusos y han cambiado mucho, sobre todo su aspecto. Usan buenas colonias y desodorantes, las mujeres ya no son aquél prototipo mezcla de koljosiana y obrera de fábrica, se visten bien y hacen dieta. Las rusas, ucranianas o bielorrusas con las que trabajo, suelen ser mujeres elegantes, no importa si son las que limpian, a la hora de marcharse a su casa se cambian y van con toda su belleza y elegancia.

Ya la Unión Soviética es historia pasada salvo los intentos de revivir sus glorias de antaño pero siempre es bueno recordar aquellos tiempos del tío Stiopa, el coñac armenio, la Vodka Limonaya y las inabribles compotas de cereza mientras le pegabas porrazos a aquel televisor Electrón o Rubin que se negaba a comportarse.